Por: William Molina Merchán
Cada mañana de lunes a sábado se arreglaba el pelo ajustando un cabello rebelde; delineaba el labial, corregía un pliegue del uniforme y se consentía un poco mirando con picardía soñadora su reflejo en el cristal. Algunas veces -cuando su carrera no era tanta- alguien se interponía en su rutina, ella odiaba que sucediera, en cada estación deseaba que se quitara de en medio, que se bajara o consiguiera puesto. Cuando no sucedía se prometía que esa quincena sí haría lo posible, ajustaría las cuentas para comprar el espejo y dejar de depender de las ventanas impecables.
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