Lectura es el trabajo que emprende quien se quiere conocer y conocer a los demás, el universo que habita y los sueños que le son posibles.
jueves, 23 de mayo de 2013
jueves, 2 de mayo de 2013
domingo, 28 de abril de 2013
lunes, 18 de marzo de 2013
Salud social
-Procure descansar bastante, nada de tareas fuertes, ni ejercicios, ni preocupaciones.
-Hay doctor, y yo con esos muchachos, no se imagina la cantidad de problemas: que este me quitó, que me duele, que me dijo, que si puedo, que yo quiero y así todo el día.
Para el doctor era claro, había que decidir quien vivía: ella, lo que no le parecía, por cierto, la más inteligente elección, o los hijos, opción que, además de necia, complicaría, aún más el panorama miserable del mundo. No cabía duda: cuatro animalitos (pensaba en los niños) sin asomos de respeto por el otro; sin disciplina, y lo peor, sin esperanzas de cambio, orgullosos de nadar en el mugre mientras tuvieran un balón de fútbol, un radio ruidoso y unos tenis caros.
Que reviente la vieja, pensó, así los críos tendrán oportunidad de salir a la calle y encontrar la muerte por hambre, violencia o tristeza, que más da. Bastantes limpia ventanas y promesas de sicarios hay en los semáforos ya.
-Señora, yo entiendo que usted debe solucionar ciertos problemas en su casa, imponer algún orden, pero por ahora es necesario que guarde absoluto descanso, piense que esos niños la necesitan (se sintió asqueroso diciendo esto); busque a alguien que le colabore, un familiar, un amigo, una vecina, en fin, lo importante es que usted se haga el tratamiento que le recomiendo, guarde reposo y no se altere. En unos días podrá volver a su trabajo y dar la lucha con esos diablitos.
Tiempo perdido; el doctor bien sabía que, ni se haría el tratamiento, ni tendría reposo y si, por el contrario, el próximo mes, si aún no se había muerto (pensó nuevamente en las opciones previstas antes, la bala, el carro, la escalera), volvería con el mal agudizado, su cara de desgracia constante y lagrimas fáciles, a pedirle otra fórmula que tampoco compraría y así hasta que el diablo cargara con ella y la invitara a convertirse en abono de cebollas, que a eso le olía la ropa.
Otro paciente y me podré dedicar a cosas más entretenidas –se dijo mientras miraba de reojo un tratado de psiquiatría, última edición, comprado la noche anterior-. Hacía mucho tiempo que el doctor había dejado de disfrutar de su trabajo; lejos habían quedado los tiempos en que creyó firmemente que la medicina serviría para ayudar a construir un mundo mejor, justo, plural, más bello; para aminorar el dolor. Hoy por el contrario tenia la certeza absoluta, aunque paradójica, de que la medicina, si se le utilizaba adecuadamente, podía contribuir a la misma causa, sólo que no se trataba ya del mismo mundo de sus días de estudiante. El mundo que pretendía ahora era más racional, responsable y consiente; tenía menos gente (si se pudiera llamar gente a esas fabricas de mierda, contaminación y crías: mc2), su propuesta estética –como acostumbraba llamarla- era más armónica, menos ruidosa. En últimas, y sin rodeos, se trataba de eliminar lo que se había estancado antes de que ellos, los desesperanzados, o “eso”, la mediocridad, eliminara la verdadera esencia del ser humano; así era: mc2= e. Eliminar esas fabricas de mierda, contaminación y crías.
No había razón para permitir que la creación de tantos años, que el esfuerzo de tantos Hombres (con mayúscula) artistas, científicos, pensadores y, porque no, soñadores se convirtiera en eso que las gentes (otra vez dudó sobre el calificativo, que le parecía excesivo) sin aspiraciones, ganas ni compromiso, llenos de pereza mental y satisfechos de su cochina mediocridad –dizque justificada históricamente (por lo cual habría que eliminarla, ya que sería un error del pasado que se saldaría)- habían venido haciendo de lo que debió ser todo un paraíso. Miro frente a sí melancólicamente, a través de la ventana se podía ver una mañana soleada, al fondo, la silueta de una montaña de un azul menos intenso y las fachadas de algunos edificios lavadas por la lluvia de la madrugada y, desafortunadamente, los avisos lobos con que los emergentes comerciantes le gritaban al mundo que habían coronado un viaje o sembrado a algún prójimo por un billete largo; publicidad en colores indios que ofendían el azul del cielo con la promesa de “mitad de precio” o “remate de bodega”.
Parece que el de las once no vino, espero que no sea porque se alivió sin consultarme. Revisó la historia clínica del ausente; una mirada rápida, no merecía más; miro su reloj de tablero blanco con punteros de oro y llamó al siguiente.
Conciencia
Entró en la casa y encendió la televisión. Una mujer que sonríe le
recuerda que los dientes deben ser blancos. Va al espejo y la imagen no se
compadece con la sonrisa de la modelo; el color amarillo mostaza de la
dentadura pone en evidencia el exceso de tabaco y el habito del café: ¿si así
se me ven los dientes cómo tendré la conciencia?. Crema en el cepillo, un
lavado rabioso anticaries, enjuague, sabor a menta, vuelta al espejo: el mismo
color en los dientes. "Mierda, mañana me confieso".
Voluntad
Si, algunas veces frente al espejo se preguntaba hasta cuando y bajaba la mirada; incapaz de alejarse regresaba con más ganas: me vas a matar le decía y miraba al suelo o a la nada para no tener que reconocer que todo él estaba invadido por su olor –el olor de la felicidad- se consolaba creyendo. Hasta aquí, no va más, hoy acabo con esto. Se ajustó el morral a la espalda y salió caminando despacio, con miedo pero decidido, diez pasos adelante lo pensó mejor: el último y no más: “un paquete de cigarrillos por favor”.
Imagen
Por: William Molina Merchán
Cada mañana de lunes a sábado se arreglaba el pelo ajustando un cabello rebelde; delineaba el labial, corregía un pliegue del uniforme y se consentía un poco mirando con picardía soñadora su reflejo en el cristal. Algunas veces -cuando su carrera no era tanta- alguien se interponía en su rutina, ella odiaba que sucediera, en cada estación deseaba que se quitara de en medio, que se bajara o consiguiera puesto. Cuando no sucedía se prometía que esa quincena sí haría lo posible, ajustaría las cuentas para comprar el espejo y dejar de depender de las ventanas impecables.
Colombia: ¿Pose o fotomontaje?
Por: William
Molina Merchán
Se afirma comúnmente que la fuerza y riqueza de un país está en su gente; atendiendo a este presupuesto, ¿si le aplicáramos a Colombia una prueba de esfuerzo que resultados obtendríamos? No es alentador el panorama; nueve años antes del establecimiento de la República ya se presentaban divisiones irreconciliables que condujeron a tempranas confrontaciones civiles que, desde el nombre calificaban el proyecto: Patria boba; lograda la independencia se acentuaron divisiones que a lo largo del siglo XIX se pusieron en evidencia en seis guerras civiles, la última de las cuales con sus mil días de duración abrió el siglo XX presagiando la realidad por venir.
Cada guerra produjo una nueva constitución en la que se plasmaron los intereses del partido ganador y se pretendió anular al vencido. Transcurridos ciento cinco años y trece reformas; en virtud de nuevas violencia y tratando de abrir espacios a diferencias irreconciliables se presentó una nueva carta política que pretendió, de una vez por todas, eliminar el fantasma de la discordia y fortalecer el músculo social, reconocer los olvidados, perdonar las infracciones y resolver las múltiples diferencias mediante un tratamiento que se denominó Estado social de Derecho.
Este año confirma su mayoría de edad el nuevo país y como adolescente se comporta: desconoce su pasado, que lejos de ser dorado cual la primera franja de la bandera, se avizora rojo sangre. Perviven dos grupos guerrilleros fuertes en la región centro y oriente, los reductos de paramilitarismo han evolucionado en grupos emergentes, milicias y bandas que propiciaron con sus enfrentamientos y para quedarse con las tierras, el desplazamiento de casi tres millones de campesinos, según datos oficiales. Además, Colombia cuenta, según el censo con 45 millones de habitantes, de los cuales, según datos del Dane, once millones viven con menos de un dólar al día, es decir, están en la miseria y Según la misma entidad, el desempleo alcanza el diez por ciento.
Como todo adolescente el país está en etapa de formación académica y para hacerlo se enfrenta a una cobertura que solo en las llamadas principales ciudades alcanza el ochenta por ciento, en regiones periféricas, -la mayoría en un país que concentra la población y recursos en el eje central- no llega al cuarenta por ciento. Antes de la madurez se buscan nuevos destinos, aventuras y experiencias que en el caso de país se proyectan con la huida o migración, en los últimos quince años, de seis millones de brazos a producir en otros países.
Quienes desde afuera ven a Colombia y los que al interior la viven se consuelan con añejas formulas de belleza tropical que se baña en océanos, cada vez más privados en el Atlántico y menos deseables por riesgosos en el Pacífico; paisajes montañosos en los que otrora se sembró café ahora cultivan minas que han merecido el título de segundo país en el mundo en ésta poco deseable cosecha. Si hay gran riqueza de flora y fauna se conoce por referentes, revistas, televisión de dos canales privados o fotos en Internet, pues el turismo local no sobrepasa, regularmente, los doscientos kilómetros, lo que equivale a no salir del departamento de origen.
Hay, no se puede negar, una inmensa mayoría de gente que busca permanecer vigente en el mercado laboral, que aprovecha las oportunidades existentes, que aún se consuela en la visión de sus hijos para rendir otro poco, que disfruta los dieciocho festivos, cincuenta y dos domingos e igual número de tardes de sábado que no se trabaja para, en esos 221 días del año, según la encuesta del Estado, dedicarse a ver televisión, ir a cine y hacer lo posible por no leer. Colombia es adolescente, es de esperar que sus errores no comprometan oportunidades futuras.
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