
Como ninguno en el pueblo recibía cartas de amor, cuando
comenzaron a caer del cielo los sobrecitos blancos con bordes azules y rojos,
todos dejaron sus oficios a un lado y se convirtieron en violadores de
correspondencia.
Era un pueblo chiquito donde no se hacían preguntas y pocos cruzaban palabras. En otras partes del mundo era conocido como la “Aldea de los Parcos” o la “Villa del Cusumbosolo”. El parque estaba en desuso, el teléfono en extinción y el silencio en promoción porque todos andaban con la lengua quieta.
Las caricias, los besos, los cariños solo rodaban con la luz apagada. Las palabras de amor eran solo un cuento de oscuridad porque nadie las veía y eran susurros que se perdían en la noche. El romance o la aventura no hacían parte de su jerga.
Si hablar de sí mismo era un esfuerzo, escribirlo era un asunto escaso, una tradición que no tenía que ver con este pueblo de gente callada. Por eso fue noticia que alguien se atreviera a tanto, que de nuevo alguien tuviera el valor de escribir algo a mano, de declarar públicamente que el amor era una verdad en su historia.
Nadie lo supo pero la culpable del aterrizaje de sobres fue Amaranta, esa mujer que comenzó con ese cuento extraño de escribir cartas a un amor que se le salió de las manos. Sufría de taquicardia cuando lo sentía cerca, gozaba de incontinencia de suspiros, tenía mariposas adultas sobrevolando las paredes del estómago y sollozos alebrestados que le salían como gritos de los labios con solo pensarlo.
La llenó de primeras y de últimas veces. Hasta llegó a pensar que él lo era todo y más allá porque cuando estaba en su piel y el amor se fundía en un abrazo ella le perdía el miedo a la muerte, a la vida misma. Parecía que el amor le viniera en exceso, era como si le colgara, le rebozara, le sobrara. Tenía tanto, tanto, tanto que tenía que drenarlo de alguna forma.
No sabía cómo no contarlo, si lo soltaba su piel, si se le atascaba en su garganta, si las caricias se enredaban en sus manos, si todo su cuerpo hablaba de él, si toda ella secretaba amor, puro amor. Pero sabía que era mal visto tocar el tema en ese paraíso del hermetismo, en la cuna de los afectos guardados, de los corazones mudos porque la cursilería era cuestión de censura y de burla colectiva.
Entonces descubrió que el antídoto estaba en la pluma y en el papel. Se volvió velocista de letras y aprendió a escribir una carta por hora, hubo toneladas de hojas escondidas y aglutinadas en su armario porque su amor era de tiempo completo. Como eran tantas para uno solo sintió la tremenda necesidad de repartirlas, no las firmó y decidió enviárselas a cualquiera y soltarlas por ahí para que fueran abiertas.
Su única intención era sacarlas de sí misma, sin destinatario fijo pero con lector asegurado, así haría público lo clandestino, un poquito más posible lo imposible y dejaría constancia, aunque no fuera costumbre, de que alguien en el pueblo sentía, necesitaba hablarlo y escribirlo porque estaba colmado de amor.
Para ese entonces a través de los resquicios de las puertas ya solo entraban letras impresas, las palabras eran las mismas y los mensajes predecibles porque los remitentes eran los de siempre: bancos, periódicos, iglesias o políticos. En cambio esas cartas que se mecían en el aire mientras bajaban, impredecibles con frases inciertas, fueron postrecitos de letras que muchos guardaron como un secreto para leerlas y degustarlas al final de algo.
Hubo quienes la leyeron antes de dormir envueltos en sábanas. Otros lo hicieron encerrados en el baño, entre el clóset, debajo de la cama, detrás del árbol, adentro de un confesionario, a oscuras en la sala de cine, en el callejón vacío, en cualquiera que fuera el sitio pero a solas y sin correr el riesgo de ser interrumpido. No hubo quién se resistiera a un manuscrito.
A los pocos que no se aguantaron y los abrieron en la calle, en la plaza o justo en el lugar donde les cayó del cielo, quedaron contagiados del síndrome de corazón contento. Así le llamaron a partir de entonces a eso de quedar con sonrisa de idiota, carcajadita de pendejo, mirada de loco, guiño feliz y cara completa de tragado.
Ante el anonimato del remitente, sobre cada uno recayó la sospecha de estar enamorado. Entonces se sonrieron con malicia porque todos fueron cursis en potencia. Sin medir las consecuencias y sin proponérselo, Amaranta convirtió al pueblo en cómplice, a cada habitante en su destinario porque todos sintieron regocijo ajeno cuando les llegó la correspondencia de las nubes.
Cada cual asumió como suya cada frase y se sintió amado como nunca antes. Era la primera vez en la historia que todo un pueblo hacía el amor en plena luz del día a través de las letras. Entonces las cartas lubricaron la palabra y la gente volvió a conversar, llegaron las preguntas, los temas afines y las historias qué contar.
Aparecieron los roces de pareja por los guiños y coqueteos, nacieron los celos y el cuchicheo. Los rumores se transmitieron por teléfono y el chisme se regó en el parque. Salieron a la venta el horóscopo, el mejunje y el afrodisiaco.
Amaranta pasó desapercibida porque ya los besos en público estaban de moda. Solo ella y lo suyo, supieron que gracias a esa lluvia de cartas que rompieron el hielo, este pueblo de resecos que se movía en clave de silencio, recobró el movimiento de la lengua y ha sido el amor el que desde entonces les ha dado cuerda. Ahora, no hay quien lo calle.
Era un pueblo chiquito donde no se hacían preguntas y pocos cruzaban palabras. En otras partes del mundo era conocido como la “Aldea de los Parcos” o la “Villa del Cusumbosolo”. El parque estaba en desuso, el teléfono en extinción y el silencio en promoción porque todos andaban con la lengua quieta.
Las caricias, los besos, los cariños solo rodaban con la luz apagada. Las palabras de amor eran solo un cuento de oscuridad porque nadie las veía y eran susurros que se perdían en la noche. El romance o la aventura no hacían parte de su jerga.
Si hablar de sí mismo era un esfuerzo, escribirlo era un asunto escaso, una tradición que no tenía que ver con este pueblo de gente callada. Por eso fue noticia que alguien se atreviera a tanto, que de nuevo alguien tuviera el valor de escribir algo a mano, de declarar públicamente que el amor era una verdad en su historia.
Nadie lo supo pero la culpable del aterrizaje de sobres fue Amaranta, esa mujer que comenzó con ese cuento extraño de escribir cartas a un amor que se le salió de las manos. Sufría de taquicardia cuando lo sentía cerca, gozaba de incontinencia de suspiros, tenía mariposas adultas sobrevolando las paredes del estómago y sollozos alebrestados que le salían como gritos de los labios con solo pensarlo.
La llenó de primeras y de últimas veces. Hasta llegó a pensar que él lo era todo y más allá porque cuando estaba en su piel y el amor se fundía en un abrazo ella le perdía el miedo a la muerte, a la vida misma. Parecía que el amor le viniera en exceso, era como si le colgara, le rebozara, le sobrara. Tenía tanto, tanto, tanto que tenía que drenarlo de alguna forma.
No sabía cómo no contarlo, si lo soltaba su piel, si se le atascaba en su garganta, si las caricias se enredaban en sus manos, si todo su cuerpo hablaba de él, si toda ella secretaba amor, puro amor. Pero sabía que era mal visto tocar el tema en ese paraíso del hermetismo, en la cuna de los afectos guardados, de los corazones mudos porque la cursilería era cuestión de censura y de burla colectiva.
Entonces descubrió que el antídoto estaba en la pluma y en el papel. Se volvió velocista de letras y aprendió a escribir una carta por hora, hubo toneladas de hojas escondidas y aglutinadas en su armario porque su amor era de tiempo completo. Como eran tantas para uno solo sintió la tremenda necesidad de repartirlas, no las firmó y decidió enviárselas a cualquiera y soltarlas por ahí para que fueran abiertas.
Su única intención era sacarlas de sí misma, sin destinatario fijo pero con lector asegurado, así haría público lo clandestino, un poquito más posible lo imposible y dejaría constancia, aunque no fuera costumbre, de que alguien en el pueblo sentía, necesitaba hablarlo y escribirlo porque estaba colmado de amor.
Para ese entonces a través de los resquicios de las puertas ya solo entraban letras impresas, las palabras eran las mismas y los mensajes predecibles porque los remitentes eran los de siempre: bancos, periódicos, iglesias o políticos. En cambio esas cartas que se mecían en el aire mientras bajaban, impredecibles con frases inciertas, fueron postrecitos de letras que muchos guardaron como un secreto para leerlas y degustarlas al final de algo.
Hubo quienes la leyeron antes de dormir envueltos en sábanas. Otros lo hicieron encerrados en el baño, entre el clóset, debajo de la cama, detrás del árbol, adentro de un confesionario, a oscuras en la sala de cine, en el callejón vacío, en cualquiera que fuera el sitio pero a solas y sin correr el riesgo de ser interrumpido. No hubo quién se resistiera a un manuscrito.
A los pocos que no se aguantaron y los abrieron en la calle, en la plaza o justo en el lugar donde les cayó del cielo, quedaron contagiados del síndrome de corazón contento. Así le llamaron a partir de entonces a eso de quedar con sonrisa de idiota, carcajadita de pendejo, mirada de loco, guiño feliz y cara completa de tragado.
Ante el anonimato del remitente, sobre cada uno recayó la sospecha de estar enamorado. Entonces se sonrieron con malicia porque todos fueron cursis en potencia. Sin medir las consecuencias y sin proponérselo, Amaranta convirtió al pueblo en cómplice, a cada habitante en su destinario porque todos sintieron regocijo ajeno cuando les llegó la correspondencia de las nubes.
Cada cual asumió como suya cada frase y se sintió amado como nunca antes. Era la primera vez en la historia que todo un pueblo hacía el amor en plena luz del día a través de las letras. Entonces las cartas lubricaron la palabra y la gente volvió a conversar, llegaron las preguntas, los temas afines y las historias qué contar.
Aparecieron los roces de pareja por los guiños y coqueteos, nacieron los celos y el cuchicheo. Los rumores se transmitieron por teléfono y el chisme se regó en el parque. Salieron a la venta el horóscopo, el mejunje y el afrodisiaco.
Amaranta pasó desapercibida porque ya los besos en público estaban de moda. Solo ella y lo suyo, supieron que gracias a esa lluvia de cartas que rompieron el hielo, este pueblo de resecos que se movía en clave de silencio, recobró el movimiento de la lengua y ha sido el amor el que desde entonces les ha dado cuerda. Ahora, no hay quien lo calle.
Texto: Carolina Calle Vallejo