martes, 14 de abril de 2015

El pueblo con síndrome de corazón contento


El pueblo con síndrome de corazón contento
Como ninguno en el pueblo recibía cartas de amor, cuando comenzaron a caer del cielo los sobrecitos blancos con bordes azules y rojos, todos dejaron sus oficios a un lado y se convirtieron en violadores de correspondencia.
Era un pueblo chiquito donde no se hacían preguntas y pocos cruzaban palabras. En otras partes del mundo era conocido como la “Aldea de los Parcos” o la “Villa del Cusumbosolo”. El parque estaba en desuso, el teléfono en extinción y el silencio en promoción porque todos andaban con la lengua quieta.
Las caricias, los besos, los cariños solo rodaban con la luz apagada. Las palabras de amor eran solo un cuento de oscuridad porque nadie las veía y eran susurros que se perdían en la noche. El romance o la aventura no hacían parte de su jerga.
Si hablar de sí mismo era un esfuerzo, escribirlo era un asunto escaso, una tradición que no tenía que ver con este pueblo de gente callada. Por eso fue noticia que alguien se atreviera a tanto, que de nuevo alguien tuviera el valor de escribir algo a mano, de declarar públicamente que el amor era una verdad en su historia.
Nadie lo supo pero la culpable del aterrizaje de sobres fue Amaranta, esa mujer que comenzó con ese cuento extraño de escribir cartas a un amor que se le salió de las manos. Sufría de taquicardia cuando lo sentía cerca, gozaba de incontinencia de suspiros, tenía mariposas adultas sobrevolando las paredes del estómago y sollozos alebrestados que le salían como gritos de los labios con solo pensarlo.
La llenó de primeras y de últimas veces. Hasta llegó a pensar que él lo era todo y más allá porque cuando estaba en su piel y el amor se fundía en un abrazo ella le perdía el miedo a la muerte, a la vida misma. Parecía que el amor le viniera en exceso, era como si le colgara, le rebozara, le sobrara. Tenía tanto, tanto, tanto que tenía que drenarlo de alguna forma.
No sabía cómo no contarlo, si lo soltaba su piel, si se le atascaba en su garganta, si las caricias se enredaban en sus manos, si todo su cuerpo hablaba de él, si toda ella secretaba amor, puro amor. Pero sabía que era mal visto tocar el tema en ese paraíso del hermetismo, en la cuna de los afectos guardados, de los corazones mudos porque la cursilería era cuestión de censura y de burla colectiva.
Entonces descubrió que el antídoto estaba en la pluma y en el papel. Se volvió velocista de letras y aprendió a escribir una carta por hora, hubo toneladas de hojas escondidas y aglutinadas en su armario porque su amor era de tiempo completo. Como eran tantas para uno solo sintió la tremenda necesidad de repartirlas, no las firmó y decidió enviárselas a cualquiera y soltarlas por ahí para que fueran abiertas.
Su única intención era sacarlas de sí misma, sin destinatario fijo pero con lector asegurado, así haría público lo clandestino, un poquito más posible lo imposible y dejaría constancia, aunque no fuera costumbre, de que alguien en el pueblo sentía, necesitaba hablarlo y escribirlo porque estaba colmado de amor.
Para ese entonces a través de los resquicios de las puertas ya solo entraban letras impresas, las palabras eran las mismas y los mensajes predecibles porque los remitentes eran los de siempre: bancos, periódicos, iglesias o políticos. En cambio esas cartas que se mecían en el aire mientras bajaban, impredecibles con frases inciertas, fueron postrecitos de letras que muchos guardaron como un secreto para leerlas y degustarlas al final de algo.
Hubo quienes la leyeron antes de dormir envueltos en sábanas. Otros lo hicieron encerrados en el baño, entre el clóset, debajo de la cama, detrás del árbol, adentro de un confesionario, a oscuras en la sala de cine, en el callejón vacío, en cualquiera que fuera el sitio pero a solas y sin correr el riesgo de ser interrumpido. No hubo quién se resistiera a un manuscrito.
A los pocos que no se aguantaron y los abrieron en la calle, en la plaza o justo en el lugar donde les cayó del cielo, quedaron contagiados del síndrome de corazón contento. Así le llamaron a partir de entonces a eso de quedar con sonrisa de idiota, carcajadita de pendejo, mirada de loco, guiño feliz y cara completa de tragado.
Ante el anonimato del remitente, sobre cada uno recayó la sospecha de estar enamorado. Entonces se sonrieron con malicia porque todos fueron cursis en potencia. Sin medir las consecuencias y sin proponérselo, Amaranta convirtió al pueblo en cómplice, a cada habitante en su destinario porque todos sintieron regocijo ajeno cuando les llegó la correspondencia de las nubes.
Cada cual asumió como suya cada frase y se sintió amado como nunca antes. Era la primera vez en la historia que todo un pueblo hacía el amor en plena luz del día a través de las letras. Entonces las cartas lubricaron la palabra y la gente volvió a conversar, llegaron las preguntas, los temas afines y las historias qué contar.
Aparecieron los roces de pareja por los guiños y coqueteos, nacieron los celos y el cuchicheo. Los rumores se transmitieron por teléfono y el chisme se regó en el parque. Salieron a la venta el horóscopo, el mejunje y el afrodisiaco.
Amaranta pasó desapercibida porque ya los besos en público estaban de moda. Solo ella y lo suyo, supieron que gracias a esa lluvia de cartas que rompieron el hielo, este pueblo de resecos que se movía en clave de silencio, recobró el movimiento de la lengua y ha sido el amor el que desde entonces les ha dado cuerda. Ahora, no hay quien lo calle.
Texto: Carolina Calle Vallejo


martes, 7 de abril de 2015

Cantar Por Cantar,

             Hola Soledad.
Bienvenida, vieja amiga, te creí ausente y aquí estabas escondida, confundida conmigo; 
bienvenida, ahora que te veo, bienvenida a tu más propia casa, el latido de mi sangre, 
a ti te acojo en el tiempo largo del poema, en el suave sueño, en el hormigueo 
de mi mano izquierda, 
báñate conmigo, una ducha caliente que golpee la espalda, 
-ah, desnudos sí que tú y yo somos uno solo-, 
préstame una de tus camisas blancas de algodón, 
ven, tomemos café, sin azúcar: así lo bebo solamente contigo, 
amiga, ladilla, sombra, 
y fumemos viendo el cambio de color de la montaña, fúndete conmigo 
para que pueda mirar cómo amanece, 
ven cántame una canción, aguántame la risa de gozarte hasta el tuétano, generosa mía, 
llévame así, apacible, a este o aquel libro, deja que te lea en voz alta y dime si te aburres, 
vuélvete música, almohada; convierte, maga, tu sustancia en humo, 
en el umbral de las visiones, 
liba conmigo la euforia santa del silencio, 
alucina, muchacha de mi vida, y cuenta tu cuento mientras yo, torpe, tomo tu dictado: 
tacha siempre toda espera o esperanza, 
que no sienta el tiempo, 
y baila conmigo la danza de la sonrisa en el ojo de la mente 
hasta caer, inesperadamente juntos, fulminados.
                                                                                             Por Darío Jaramillo Agudelo 

lunes, 18 de marzo de 2013

Salud social


Mientras la señora B arreglaba los pliegues de su vestido, cuidaba que los botones del mismo estuvieran en orden y su pie buscaba, en el océano gris de la inmaculada baldosa, una sandalia malgastada, de imitación cuero y pasada de moda, el doctor dibujaba con su caligrafía gótica, de sepulturero, tan parecida a él mismo, la receta que debía restituir el bienestar al cuerpo de la paciente. Aunque, -y esto sólo lo pensó el doctor- sabía que lo mejor que le podría suceder, a ella, era la muerte. Un descuido y que un carro le pusiera remedio definitivo a sus males, una bala perdida, que para eso se malgastaban bastantes, un desliz en la escalera del edificio de consultorios; catorce pisos daban garantía de una buena fractura de cuello. En fin, algún evento económico, simple y que no comprometiera su prestigio como médico, bien ganado a punta de buenas curas.

-Procure descansar bastante, nada de tareas fuertes, ni ejercicios, ni preocupaciones.

-Hay doctor, y yo con esos muchachos, no se imagina la cantidad de problemas: que este me quitó, que me duele, que me dijo, que si puedo, que yo quiero y así todo el día.

Para el doctor era claro, había que decidir quien vivía: ella, lo que no le parecía, por cierto, la más inteligente elección, o los hijos, opción que, además de necia, complicaría, aún más el panorama miserable del mundo. No cabía duda: cuatro animalitos (pensaba en los niños) sin asomos de respeto por el otro; sin disciplina, y lo peor, sin esperanzas de cambio, orgullosos de nadar en el mugre mientras tuvieran un balón de fútbol, un radio ruidoso y unos tenis caros.
Que reviente la vieja, pensó, así los críos tendrán oportunidad de salir a la calle y encontrar la muerte por hambre, violencia o tristeza, que más da. Bastantes limpia ventanas y promesas de sicarios hay en los semáforos ya.

-Señora, yo entiendo que usted debe solucionar ciertos problemas en su casa, imponer algún orden, pero por ahora es necesario que guarde absoluto descanso, piense que esos niños la necesitan (se sintió asqueroso diciendo esto); busque a alguien que le colabore, un familiar, un amigo, una vecina, en fin, lo importante es que usted se haga el tratamiento que le recomiendo, guarde reposo y no se altere. En unos días podrá volver a su trabajo y dar la lucha con esos diablitos.

Tiempo perdido; el doctor bien sabía que, ni se haría el tratamiento, ni tendría reposo y si, por el contrario, el próximo mes, si aún no se había muerto (pensó nuevamente en las opciones previstas antes, la bala, el carro, la escalera), volvería con el mal agudizado, su cara de desgracia constante y lagrimas fáciles, a pedirle otra fórmula que tampoco compraría y así hasta que el diablo cargara con ella y la invitara a convertirse en abono de cebollas, que a eso le olía la ropa.

Otro paciente y me podré dedicar a cosas más entretenidas –se dijo mientras miraba de reojo un tratado de psiquiatría, última edición, comprado la noche anterior-. Hacía mucho tiempo que el doctor había dejado de disfrutar de su trabajo; lejos habían quedado los tiempos en que creyó firmemente que la medicina serviría para ayudar a construir un mundo mejor, justo, plural, más bello; para aminorar el dolor. Hoy por el contrario tenia la certeza absoluta, aunque paradójica, de que la medicina, si se le utilizaba adecuadamente, podía contribuir a la misma causa, sólo que no se trataba ya del mismo mundo de sus días de estudiante. El mundo que pretendía ahora era más racional, responsable y consiente; tenía menos gente (si se pudiera llamar gente a esas fabricas de mierda, contaminación y crías: mc2), su propuesta estética –como acostumbraba llamarla- era más armónica, menos ruidosa. En últimas, y sin rodeos, se trataba de eliminar lo que se había estancado antes de que ellos, los desesperanzados, o “eso”, la mediocridad, eliminara la verdadera esencia del ser humano; así era: mc2= e. Eliminar esas fabricas de mierda, contaminación y crías.

No había razón para permitir que la creación de tantos años, que el esfuerzo de tantos Hombres (con mayúscula) artistas, científicos, pensadores y, porque no, soñadores se convirtiera en eso que las gentes (otra vez dudó sobre el calificativo, que le parecía excesivo) sin aspiraciones, ganas ni compromiso, llenos de pereza mental y satisfechos de su cochina mediocridad –dizque justificada históricamente (por lo cual habría que eliminarla, ya que sería un error del pasado que se saldaría)- habían venido haciendo de lo que debió ser todo un paraíso. Miro frente a sí melancólicamente, a través de la ventana se podía ver una mañana soleada, al fondo, la silueta de una montaña de un azul menos intenso y las fachadas de algunos edificios lavadas por la lluvia de la madrugada y, desafortunadamente, los avisos lobos con que los emergentes comerciantes le gritaban al mundo que habían coronado un viaje o sembrado a algún prójimo por un billete largo; publicidad en colores indios que ofendían el azul del cielo con la promesa de “mitad de precio” o “remate de bodega”.

Parece que el de las once no vino, espero que no sea porque se alivió sin consultarme. Revisó la historia clínica del ausente; una mirada rápida, no merecía más; miro su reloj de tablero blanco con punteros de oro y llamó al siguiente.